Juana la loca la cautiva de tordesillas

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La obra maestra de la pintura histórica, el género más propiamente español de todos, es una metáfora abrumadora del techo de cristal de las mujeres. En ella se presenta como cierta una leyenda ocurrida casi tres siglos antes, gracias a la cual una reina fue desposeída de su gobierno para ser mantenida primero por su padre y, después, por su hijo. Contempló su operación política desde su prisión de Tordesillas, donde fue encarcelada por su familia durante casi 50 años, tras acusarla de locura de amor. Petr Aven, el megamillonario ruso que posee algunas de las mejores colecciones de arte para vender

Javier Barón añadió en la presentación de la exposición que el cuadro que hizo famoso a Pradilla tiene la virtud de introducir el realismo y la verosimilitud en la pintura de historia. “Cuenta la historia con veracidad”, dice el historiador. Y ya sabemos que la verosimilitud no tiene por qué cumplir con la verdad. Sino con el efecto. Esto no ocurre con los hombres. Lo de perder la cabeza. Los historiadores contemporáneos a los que Pradilla lee dictan que la locura fue la providencia que libró a España de males mucho mayores y de peligros mucho peores. Y que gracias a ella las riendas del gobierno pasaron “a las hábiles y fuertes manos de su padre”. El programa ideológico del cuadro convierte a Juana en una mujer que ha perdido la cabeza por amor a alguien que es más puta que bella. Y que, por tanto, no debe gobernar el país ni un día más. A fuerza de retorcer los afectos, de salsarrosizar la escena, el artista fue aplaudido, admirado y reconocido por el público de entonces y de ahora. Pradilla pone el drama hasta en las velas en su advertencia: una mujer no puede ser reina, porque es demasiado débil. demasiado mujer17 de marzo de 2022Bharat Biotech y Biofabri se asocian para desarrollar una vacuna contra la tuberculosis16 de marzo de 2022Bharat Biotech se asocia con la empresa española Biofabri para desarrollar una vacuna contra la tuberculosis10 de marzo de 202208:00 ET

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Las afirmaciones sobre la muerte de la historia y otras pinturas narrativas a finales del siglo XIX son muy exageradas, si no falsas. Entre los que aportaron nuevas ideas y estilos al género se encuentra el gran artista español Francisco Pradilla Ortiz (1848-1921). En este artículo, hago un breve repaso de una selección de sus cuadros.

Francisco Pradilla Ortiz nació en 1848 cerca de Zaragoza, en Aragón, en el noreste de España. Comenzó su formación artística en su localidad, y luego se trasladó a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, donde también estudió en la Academia de Acuarelistas.

Su primer cuadro importante como estudiante fue su versión de la narrativa popular, El rapto de las sabinas (1874), que le valió una beca para estudiar en la Academia Española de Roma -el equivalente español del Prix de Rome francés-.

Se trata de la leyenda clásica romana en la que los primeros ciudadanos de Roma, casi en su totalidad hombres, se llevaban a las mujeres de sus amigos y vecinos, los sabinos, como novias cautivas. Uno de los temas habituales para todos los grandes pintores narrativos, maestros como Poussin y Rubens llenaron sus lienzos y paneles con un tumulto de personas.

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Las mujeres que la historia ha considerado “locas” desempeñan un papel interesante en la cultura pop. Algunas son vistas como figuras románticas, sus historias son veneradas y contadas como un amor trágico. Otras son consideradas como objetos pasivos, utilizadas sobre todo como accesorios en las historias de los hombres. Otras son diagnosticadas retroactivamente como “locas” debido a sus acciones, incluso cuando los hombres que hicieron lo mismo o cosas similares no lo estaban.

Juana era la tercera hija de Isabel y Fernando, que financiaron los viajes de Colón. A los 16 años fue enviada en matrimonio de Estado al duque de Borgoña, Felipe el Hermoso. Juana se enamoró loca y perdidamente de su marido, y se dice que las infidelidades posteriores de éste la “llevaron” a su locura, que más tarde fue utilizada por su padre, su marido y su hijo para justificar su encierro durante décadas y negarle la corona que había heredado de su madre. Permaneció cautiva en Tordesillas desde 1509 hasta su muerte en 1555, todavía estilizada como “su majestad” y sus diversos parientes masculinos se limitaron a gobernar en su nombre. Los académicos María Asunción Gómez, Santiago Juan-Navarro y Phyllis Zatlin describen su paso por allí como “casi medio siglo de soledad y de abusos físicos y psicológicos bien documentados”. (Juana de Castilla: historia y mito de la reina loca, Introducción, pg 9)

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Catalina de Aragón tuvo una época muy agitada como reina, pero a pesar de toda la agitación que supuso su matrimonio con el rey Enrique VIII, Catalina no fue la única mujer de su familia a la que le esperaban tribulaciones en el trono. De hecho, se podría argumentar que la hermana mayor de Catalina, Juana, como se ve en el episodio de esta semana de La princesa española, tuvo incluso peor suerte a la hora de gobernar. Mientras que el matrimonio de Catalina con Enrique desembocó en un divorcio, una revolución religiosa y una lucha por la sucesión que se prolongó durante generaciones, su hermana, por una serie de circunstancias en gran medida ajenas a su voluntad, acabaría pasando a la historia como Juana la Loca.

Fernando no tardó en emprender una campaña en la que declaraba a su hija mentalmente incapaz y se erigía en gobernante de Castilla. En 1506, Juana y Felipe se encontrarían en Inglaterra por cortesía de las tormentas. Allí Juana se reunió brevemente con su hermana, Catalina, que para entonces había enviudado del príncipe Arturo, aunque todavía no estaba casada con Enrique VIII. El padre de Enrique, Enrique VII, apoyaba el control de Felipe sobre Castilla en detrimento de Fernando, y su poder puede haber influido en parte en el acuerdo de Fernando de ceder Castilla a favor del apoyo militar y monetario. Felipe había planeado ejercer un mayor control sobre su esposa, convirtiéndola en testaferro de Castilla, pero sus planes se vieron truncados por su propia muerte en 1506. Según los escritores de la época, Juana se negó a separarse del cuerpo durante meses, haciendo que se abriera con frecuencia el ataúd de Felipe para contemplar e incluso besar su cadáver. Sin embargo, no está claro el grado de exactitud de estos relatos, ya que el acceso a Juana después de este tiempo estuvo muy limitado por su padre, y más tarde por su hijo Carlos, ambos interesados en que se supiera que Juana estaba loca.